Sexto día de aprendizaje y siete vuelos que me he metido, alguno de ellos bastante largo. Y tres retornos a pata, 330 metros de ascenso en total, que con el parapente a cuestas se hacen largos.
Aunque en principio la cosa pintaba muy bien para hacer ladera, no ha sido tan fácil como la primera visita que hicimos hace un par de semanas. El viento estaba raro y sólo soplaba a partir de una cierta altura, por ello, si no te acoplabas a la ladera nada más despegar, luego resultaba prácticamente imposible recuperar esa altura perdida y te ibas para abajo a aterrizar. Se hizo evidente lo que dicen, que todos los vuelos son diferentes.
La incidencia de la mañana la protagonizó David, que queriendo hacer un giro de 360º, se pasó con el mando y le salió una barrena descendente muy cerca del suelo que a punto estuvo de tener consecuencias, si no llega a ser por la encina que enganchó su parapente y que detuvo su espeluznante descenso. Se quedó en un gran susto y nos sirvió para ponernos en nuestro lugar.
Después de esto, nos fuímos para la sede del club a relajarnos del susto, comer y recibir un poco de teoría por parte de Santi. Al final, el ansia de volar pudo con la teoría y no tuvo más remedio que cortar y dejarnos marchar de nuevo a Villabuena.
Allí nos encontramos con Kiko, Fernando, Rober y Nito que ya estaba volando y acababa de aterrizar. Como pudimos ver en el anemómetro, el viento había subido considerablemente y las rachas de hasta 32 km/h nos hacían dudar de si seríamos capaces de despegar en esas condiciones. Para los alumnos de escuela, el límite está en 25 km/h.
Primero salió Santi para comprobar como se agitaba la cosa y posteriormente darnos el visto bueno a los novatos. Según comentaba, estaba mejor que por la mañana, así que había que probar.
Con tanto viento, la ladera se hace más lejos y hay que evitar que el viento te vaya llevando tierra adentro, ya que a veces se forman rotores detrás de la zona de despegue. Por ello, hay que usar el acelerador para vencer el viento horizontal.
Estaba tan relajado contemplando la puesta de sol ahí colgado, que en el segundo vuelo casi me tienen que tirar piedras para que bajara y casi me toca encender el frontal para aterrizar. Eran las 19:37 y aún tenía que doblar el parapente en tinieblas.
Ya sólo queda un vuelo de altura para finalizar el curso y verificar si nuestro plumaje funciona.
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